Víctima de un mal sueño, el emperador despierta. Esa pesadilla le parece una revelación y de inmediato se levantó y tomó entre sus manos un afilado cuchillo hecho de piedra. -Debe morir este bebé, no puedo permitir que venga a robarme mi imperio, que con tanto trabajo he construido- se murmuraba a sí mismo.
El amanecer estaba todavía a unas horas. Todos dormían en el palacio. Él aprovechó eso, y sigilosamente se acercó hasta la habitación contigua, donde el bebé había pasado la noche. Retiró el velo que cubría su cuna y su respiración, cada vez más profunda y su nerviosismo le impidieron hacer, lo que su malévola mente maquinaba.
Salió y se dirigió a uno de los guardias que vigilan la entrada a su habitación. Al cual, le encomendó la difícil tarea que él no pudo completar:
"Antes del alba deberás llevarte a este bebé de aquí, lo más lejos que puedas, y le quitarás la vida. Nadie puede verte. Deberás desaparecer su cuerpo. Si lo logras serás bien recompensado, pero si no, morirás tú también".
El guardia, a sabiendas del coraje y la veracidad de las palabras del emperador, salió corriendo con el bebé en brazos. Se internó en la jungla. Corrió hasta el cansancio y se desplomó sobre el suelo. Desenvolvió al niño de las ropas que lo protegían del frío y sabía que no había otra opción. Que es su vida o la de él. El bebé parecía adivinar las intenciones de su verdugo y comienza a llorar. -Lo siento, pero es mi trabajo. No podrás convencerme con tus llantos. Lo siento, eres tan pequeño, pero no volverás a ver la luz del sol nunca más, lo siento -
Los llantos del pequeño llamaron la atención de una manada de jaguares, que lentamente se acercaron. El guardia no se percató de la presencia de éstos, hasta que levantó el puñal a lo más alto, junto con su mirada, para cerciorarse que nadie lo ha seguido.
Arrojó el arma al suelo, tomó al bebé de nuevo consigo y corrió. No importando su cansancio, corría lo más rápido que podía. Los jaguares, guardando su distancia, pero sin darle alcance lo seguían muy de cerca. Él tuvo otra opción que dejar al bebé en el suelo y seguir corriendo. Sabía que serían los feroces jaguares quienes saciarán su apetito con la dulce carne de ese bebé. Dejando hecho su trabajo. Pero el remordimiento lo invadía.
Lo que no supo, es que los sacerdotes tenían razón. Ese niño no era un simple mortal. Ese niño era el que venía a detener el imperio actual, lleno de sangre y tragedias. Ese niño no fue devorado por los jaguares como él pensó. Fue criado por ellos en lo más profundo de la selva. mientras allá afuera el emperador seguía siendo como hasta ahora. Un ser con sed de sangre y destrucción; uno a uno fue matando a los sacerdotes, porque sabía que tarde o temprano descubrirían su secreto. Su gobierno se expandía cada vez más y todos le temían.
Día a día, dormía con miedo de ya no despertar, por osar enfrentarse a los Dioses de esa manera, y no proteger al niño. Pero al no suceder esto, se sentía con tanto poder que se atrevía a compararse con un Dios mismo.
Y sí. Recompensó al guardia que según él, había dado muerte al niño que amenazaba su imperio desde el día en que llegó.
Este guardia, ahora retirado, diecisiete años después de su falso crimen se recriminaba por no haber protegido al niño y por haberlo dejado como alimento para las fieras; la sombra de eso lo persiguió cada día. Desde el amanecer hasta el anochecer. No dormía, imaginando cómo el bebé era devorado hasta los huesos. Cada día, el sueño era el mismo, con la diferencia de que a medida de que el tiempo pasaba, el protagonista de ese sueño crecía.
Hasta un día, en que, tomando agua del río, vio en el reflejo, parado junto a él, a un joven muchacho. Alto y fornido de piel canela.
-Quiero que me ayudes otra vez. Le dijo el muchacho.
El otrora guardia, cayó al suelo del susto. No podía ser nadie más que él. Aquel niño al que abandonó junto a los jaguares hace muchos años, y que cada noche en sus sueños aparecía.
El amanecer estaba todavía a unas horas. Todos dormían en el palacio. Él aprovechó eso, y sigilosamente se acercó hasta la habitación contigua, donde el bebé había pasado la noche. Retiró el velo que cubría su cuna y su respiración, cada vez más profunda y su nerviosismo le impidieron hacer, lo que su malévola mente maquinaba.
Salió y se dirigió a uno de los guardias que vigilan la entrada a su habitación. Al cual, le encomendó la difícil tarea que él no pudo completar:
"Antes del alba deberás llevarte a este bebé de aquí, lo más lejos que puedas, y le quitarás la vida. Nadie puede verte. Deberás desaparecer su cuerpo. Si lo logras serás bien recompensado, pero si no, morirás tú también".
El guardia, a sabiendas del coraje y la veracidad de las palabras del emperador, salió corriendo con el bebé en brazos. Se internó en la jungla. Corrió hasta el cansancio y se desplomó sobre el suelo. Desenvolvió al niño de las ropas que lo protegían del frío y sabía que no había otra opción. Que es su vida o la de él. El bebé parecía adivinar las intenciones de su verdugo y comienza a llorar. -Lo siento, pero es mi trabajo. No podrás convencerme con tus llantos. Lo siento, eres tan pequeño, pero no volverás a ver la luz del sol nunca más, lo siento -
Los llantos del pequeño llamaron la atención de una manada de jaguares, que lentamente se acercaron. El guardia no se percató de la presencia de éstos, hasta que levantó el puñal a lo más alto, junto con su mirada, para cerciorarse que nadie lo ha seguido.
Arrojó el arma al suelo, tomó al bebé de nuevo consigo y corrió. No importando su cansancio, corría lo más rápido que podía. Los jaguares, guardando su distancia, pero sin darle alcance lo seguían muy de cerca. Él tuvo otra opción que dejar al bebé en el suelo y seguir corriendo. Sabía que serían los feroces jaguares quienes saciarán su apetito con la dulce carne de ese bebé. Dejando hecho su trabajo. Pero el remordimiento lo invadía.
Lo que no supo, es que los sacerdotes tenían razón. Ese niño no era un simple mortal. Ese niño era el que venía a detener el imperio actual, lleno de sangre y tragedias. Ese niño no fue devorado por los jaguares como él pensó. Fue criado por ellos en lo más profundo de la selva. mientras allá afuera el emperador seguía siendo como hasta ahora. Un ser con sed de sangre y destrucción; uno a uno fue matando a los sacerdotes, porque sabía que tarde o temprano descubrirían su secreto. Su gobierno se expandía cada vez más y todos le temían.
Día a día, dormía con miedo de ya no despertar, por osar enfrentarse a los Dioses de esa manera, y no proteger al niño. Pero al no suceder esto, se sentía con tanto poder que se atrevía a compararse con un Dios mismo.
Y sí. Recompensó al guardia que según él, había dado muerte al niño que amenazaba su imperio desde el día en que llegó.
Este guardia, ahora retirado, diecisiete años después de su falso crimen se recriminaba por no haber protegido al niño y por haberlo dejado como alimento para las fieras; la sombra de eso lo persiguió cada día. Desde el amanecer hasta el anochecer. No dormía, imaginando cómo el bebé era devorado hasta los huesos. Cada día, el sueño era el mismo, con la diferencia de que a medida de que el tiempo pasaba, el protagonista de ese sueño crecía.
Hasta un día, en que, tomando agua del río, vio en el reflejo, parado junto a él, a un joven muchacho. Alto y fornido de piel canela.
-Quiero que me ayudes otra vez. Le dijo el muchacho.
El otrora guardia, cayó al suelo del susto. No podía ser nadie más que él. Aquel niño al que abandonó junto a los jaguares hace muchos años, y que cada noche en sus sueños aparecía.
