martes 27 de octubre de 2009

Noches en el Valle (Capítulo 6: Otra vez)

Víctima de un mal sueño, el emperador despierta. Esa pesadilla le parece una revelación y de inmediato se levantó y tomó entre sus manos un afilado cuchillo hecho de piedra. -Debe morir este bebé, no puedo permitir que venga a robarme mi imperio, que con tanto trabajo he construido- se murmuraba a sí mismo.

El amanecer estaba todavía a unas horas. Todos dormían en el palacio. Él aprovechó eso, y sigilosamente se acercó hasta la habitación contigua, donde el bebé había pasado la noche. Retiró el velo que cubría su cuna y su respiración, cada vez más profunda y su nerviosismo le impidieron hacer, lo que su malévola mente maquinaba.

Salió y se dirigió a uno de los guardias que vigilan la entrada a su habitación. Al cual, le encomendó la difícil tarea que él no pudo completar:

"Antes del alba deberás llevarte a este bebé de aquí, lo más lejos que puedas, y le quitarás la vida. Nadie puede verte. Deberás desaparecer su cuerpo. Si lo logras serás bien recompensado, pero si no, morirás tú también".

El guardia, a sabiendas del coraje y la veracidad de las palabras del emperador, salió corriendo con el bebé en brazos. Se internó en la jungla. Corrió hasta el cansancio y se desplomó sobre el suelo. Desenvolvió al niño de las ropas que lo protegían del frío y sabía que no había otra opción. Que es su vida o la de él. El bebé parecía adivinar las intenciones de su verdugo y comienza a llorar. -Lo siento, pero es mi trabajo. No podrás convencerme con tus llantos. Lo siento, eres tan pequeño, pero no volverás a ver la luz del sol nunca más, lo siento -

Los llantos del pequeño llamaron la atención de una manada de jaguares, que lentamente se acercaron. El guardia no se percató de la presencia de éstos, hasta que levantó el puñal a lo más alto, junto con su mirada, para cerciorarse que nadie lo ha seguido.

Arrojó el arma al suelo, tomó al bebé de nuevo consigo y corrió. No importando su cansancio, corría lo más rápido que podía. Los jaguares, guardando su distancia, pero sin darle alcance lo seguían muy de cerca. Él tuvo otra opción que dejar al bebé en el suelo y seguir corriendo. Sabía que serían los feroces jaguares quienes saciarán su apetito con la dulce carne de ese bebé. Dejando hecho su trabajo. Pero el remordimiento lo invadía.

Lo que no supo, es que los sacerdotes tenían razón. Ese niño no era un simple mortal. Ese niño era el que venía a detener el imperio actual, lleno de sangre y tragedias. Ese niño no fue devorado por los jaguares como él pensó. Fue criado por ellos en lo más profundo de la selva. mientras allá afuera el emperador seguía siendo como hasta ahora. Un ser con sed de sangre y destrucción; uno a uno fue matando a los sacerdotes, porque sabía que tarde o temprano descubrirían su secreto. Su gobierno se expandía cada vez más y todos le temían.

Día a día, dormía con miedo de ya no despertar, por osar enfrentarse a los Dioses de esa manera, y no proteger al niño. Pero al no suceder esto, se sentía con tanto poder que se atrevía a compararse con un Dios mismo.

Y sí. Recompensó al guardia que según él, había dado muerte al niño que amenazaba su imperio desde el día en que llegó.

Este guardia, ahora retirado, diecisiete años después de su falso crimen se recriminaba por no haber protegido al niño y por haberlo dejado como alimento para las fieras; la sombra de eso lo persiguió cada día. Desde el amanecer hasta el anochecer. No dormía, imaginando cómo el bebé era devorado hasta los huesos. Cada día, el sueño era el mismo, con la diferencia de que a medida de que el tiempo pasaba, el protagonista de ese sueño crecía.

Hasta un día, en que, tomando agua del río, vio en el reflejo, parado junto a él, a un joven muchacho. Alto y fornido de piel canela.

-Quiero que me ayudes otra vez. Le dijo el muchacho.

El otrora guardia, cayó al suelo del susto. No podía ser nadie más que él. Aquel niño al que abandonó junto a los jaguares hace muchos años, y que cada noche en sus sueños aparecía.

lunes 26 de octubre de 2009

Noches en el valle. (Capítulo 5: Xoxcoc, la amenaza)

…El emperador caminaba a paso apresurado, su mirada estaba perdida y el sonido de las pisadas que aplastaban tierra y pasto lo ponían cada vez más nervioso, además el llanto del niño no cedía y los truenos cada vez eran más fuertes.
-¿Me castigará Tlaloc por intentar matar a este niño? – Pensaba el emperador y sus vellos de la piel se erizaban.

De repente el emperador les dijo a sus guardias que se marcharan, que mejor fueran al campo de batalla, allá harían más falta y él se podía cuidar solo. La bola de hombres morenos y altos dieron media vuelta y regresaron a una guerra muda y temerosa donde todos los guerreros de ambas tribus esperaban algo pasar, por unos momentos se les olvidaron sus diferencias y entre ellos especulaban que sangre sagrada correría por la selva y los campos. Otros decían que el nacimiento de la nueva era se aproximaba.
Lejos, el emperador tenía al bebé con él, el niño ya no lloraba tanto, estaba más bien tranquilo pero alerta.

-Sólo has venido a interrumpir mi paz, todo estaba bien antes de ti. ¿En qué momento te encontraron? ¡Maldito seas! ¡Maldigo tus días por el resto de tu vida! Aunque muy poco te quede- Gritaba el emperador enfurecido.

Más enfurecido parecía estar Tlaloc que inmediatamente después de escuchar esas palabras parecía haber mandado una bestia de filosos dientes, color amarilla con algunos círculos negros. Sí, era un jaguar. Éste rodeaba al emperador con una terrible sed de muerte.
-¡Oh, Tlaloc! ¡Señor, ¿Por qué me haces esto?! ¿Qué he hecho yo mal? He cuidado del reino como ningún otro lo ha hecho, ¿Por qué me mandas a esta criatura? ¿¡Cuál es tu propósito!? – Murmuró hacía el cielo el emperador.

Fue ése el momento en donde una luz apareció detrás de uno de los árboles de la selva. El jaguar se quedo quieto, lleno de serenidad. Y la luz hablaba pausadamente sin mostrar ningún rostro, sólo era voz estridente.

En el lugar de la batalla, los ejércitos rezaban, querían paz. Nada más que paz para los dos pueblos.
-Escucha bien, por mí eres emperador de estas tierras, y cuando yo quiera lo dejarás de ser, mucho has gobernado. Es de hora de que un nuevo hombre, valiente y querido salga a regir con un gobierno justo. – dijo la luz.

El emperador se hacía perdido…

domingo 25 de octubre de 2009

Noches en el valle (Capítulo 4: El juego de pelota de los dioses)

.

Sus escoltas vieron acercarse al Emperador. Su vista era sombría, caminaba lentamente hacia ellos con la vista fija en la criatura que llevaba en brazos. Los soldados más fieles y feroces del emperador oían un llanto mitad humano, mitad felino que provenía del bebé. Cuando dicho llanto era similar a un grito humano, se veía un gran relámpago cruzar el cielo, pero cuando era felino, los vientos soplaban y cambiaban de dirección una y otra vez...

Parecía como si Tláloc y Ehécatl estuvieran practicando el sagrado juego de pelota en el cielo.

Mientras más se acercaba el emperador, los guardias comenzaron a sentir un fuerte olor acre, el olor del lugar donde ha caído un rayo...

El emperador siguió caminando pausadamente a través del valle, llegó al lugar donde lo aguardaban sus guardias y atravesó sus líneas como si no estuviesen allí. Los guardias se limitaron a permitirle el paso sin pronunciar palabra alguna, ni el capitán de la guardia emitió algún sonido.

Mientras tanto, una guerra había quedado detenida entre la duda de ambos bandos. El ejercito del reino contrario no compartía la religión del Emperador y de su pueblo, pero un rayo en medio de un campo de batalla es una señal poderosa para cualquiera. Más aun si es acompañado por el fuerte y extraño llanto de un bebé.

El Emperador caminó fuera del campo de batalla y se perdió en la selva que rodeaba al valle. A lo lejos volvió a oír sonar los atecocolis, pero en su mente la batalla había dejado de tener importancia.

Seguido por su séquito de guardias el emperador se introducía sin un rumbo aparente en la densa selva lluviosa, un pensamiento se había apoderado de él: Sobrevivir.

.

Noches en el Valle (Capítulo 3: El Sobreviviente)

La vista del Emperador se desvio inmediatamente hacia el centro del campo de batalla, ahí donde Xoxcoc estaba, y mientras sentia como el miedo iba creciendo en sus entrañas, bajo de su montura, y camino alla donde esperaba encontrar muerto al pequeño que amenazaba su Reinado.

Sus escoltas intentaron seguirlo, pero el con un solo gesto de su mano, los hizo parar, mientras todos seguian sus pasos, atreviendose apenas a respirar, aterrados aun por el rayo y el gran estruendo que dejo a su paso, casi como si la tierra temblara, para los mas superticiosos eso no era un nuen augurio, y temerosos esperaban el momento en que tuvieran que luchar.

Por fin, el Emperador llego al centro del campo, y leentamente se agacho, ahi donde las hojas ahora se veian quemadas y marchitas por efecto del rayo, donde la tierra ardia, sentía el calor a traves de sus sandalias.

Y ahí estaba el, moviendose, inmune, intacto, sin un rasguño en su piel canela, era un bebé hermoso, no podia  negarlo, pero tambien era una amenaza directa para el, y se preguntaba que debia de hacer ahora, no podia dejarlo con vida, había luchado mucho por mantener su reino y no iba a ser el quien se lo quitara, tal vez, si apretaba un poco en su delicado cuello...y mientras su mente pensaba mil maneras de deshacerse de ese pequeño estorbo, El dejo escuchar su llanto, fuerte y claro, y mientra su llanto se elevaba a los cielos, Tlaloc dejo caer las gotas de lluvia sobre los hombres.

Un murmullo de miedo se elevo en los campos de batalla, tanto en amigos como enemigos, todos se daban cuenta de que algo no estaba bien, y temerosos esperaban cualquier señal.

El Emperador tomo a Xoxcoc en sus brazos, y con paso lento se dirigio hacia donde sus hombres lo esperaban.

martes 20 de octubre de 2009

Noches en el valle (Capítulo 2: La Flecha de Tlaloc)

Era la hora más obscura y fría de la madrugada. Esa que está justo antes de que el padre Sol de el siguiente paso para salir del negro manto de la noche y vuelva a reinar sobre la Tierra.
Xoxcoc, el pequeño salvaje, dormía en una urna ceremonial. Súbitamente fue tomado de ese lugar, por las manos ásperas de un guerrero. Sin embargo, a pesar de la forma brusca que fue despertado y del rápido andar del guardia, Xoxcoc no se inmutó.
Fue llevado a las habitaciones del Emperador y depositado en el piso, frente a él.
El Emperador solicitó que lo dejaran a solas con el bebé. Cuando los guardias, consejeros y sacerdotes habían salido. El Emperador se acercó lentamente a la criatura. Después de observarlo por un rato, mencionó estas palabras:

- "El día que inicié mi mandato, el Sumo Sacerdote me advirtió del día Ce Ocelotl. Me dijo que en ese día iniciaría mi fin. Ese día fue ayer y llegaste tú. No puedo permitir que sobrevivas."

Tomó a Xoxcoc bruscamente en sus brazos y salió rumbo a la entrada del templo, donde ya se encontraba reunido todo su ejército y sonaban los cuernos de guerra.
Se sentó en su trono a observar la ceremonia previa a la batalla. En la que se realizaban numerosas ofrendas y sacrificios a los Dioses y a los cuatro rumbos, para obtener su favor en la conquista del enemigo.

La mañana era lúgubre y aunque la madrugada hacía tiempo había quedado atrás, las nubes de tormenta que se estaban acumulando, mantenían todo en la penumbra. Incluso una pequeña llovizna se empezaba a sentir, junto con un viento frío. Este clima era apropiado para ese día y también para el Emperador, que se mantenía serio y firme, aunque en el fondo estuviera preocupado por la profecía.

Todo su pueblo estaba ahí, obediente, listo para apoyar en la batalla, algunos como guerreros, otros con sus oraciones y sacrificios, otros proveyendo recursos a las tropas. Sin embargo, sabía que en el fondo, su pueblo no lo amaba como antes. Algo había cambiado. No podían entender la importancia de conquistar a los pueblos vecinos para que el suyo se convirtiera en un gran imperio. Muchos estaban en desacuerdo y resentidos por lo que habían costado tantos años de guerras continuas.

Finalmente, llegó la hora de partir hacía las fronteras del enemigo. Era un adversario digno y respetable pues a sabiendas de la actitud guerrera de su vecino, se había fortalecido y establecido alianzas con otros pueblos. Sin embargo, el Emperador confiaba que su pueblo resultaría vencedor como siempre había pasado.

Miles de guerreros listos para partir, todos con tus atuendos y pinturas de guerra. Armados con las herramientas mortíferas que ellos mismos habían hecho y adornados con varios restos de sus enemigos. Todos estaban listos para la batalla, y preparados para terminar esa noche en el mismísimo Mictlan.

El Emperador hasta atrás de las formaciones militares, llamo a un mensajero. Tomó a Xoxcoc de los brazos de su guardia y se lo entregó. Le dio la siguiente orden:

- "Coloca a este guerrero justo en el lugar donde los ejércitos chocarán. No más y no menos. De esto depende nuestra victoria de hoy."

El mensajero asintió sin hacer un solo gesto, tomo a Xoxcoc en sus brazos y salió velozmente hacia el campo de batalla.

Conforme pasó el día, el gran ejército se fue acercando más y más. No fue una jornada corta pues, el enemigo se encontraba lejos. Por su parte, el ejercito contrario también se encontraba listo, acechando la llegada de sus adversarios. Se encontraban en un terreno donde la vegetación había cedido el lugar a un clima más seco. Sin embargo, misteriosamente las nubes de tormenta parecían haber seguido a las tropas, como si fueran un manto tenebroso que acompañara las calamidades de la guerra.

Cuando llegaron justo a las fronteras enemigas, no podían ver a ningún guerrero, pues todos eran expertos acechadores, mimetizados en el terreno. Pero sabían como buenos rastreadores que eran, que estaban ahí.

El mensajero había llegado a ese punto horas antes, cargando a Xoxcoc y lo había depositado en una piedra plana, en medio del valle. Lo dejó ahí y regresó, avisando al Emperador de que había cumplido su misión, a su regreso.

La batalla estaba a punto de empezar. Era solo cuestión de que sonaran los atecocolis (caracoles) de guerra, anunciando la destrucción.

Las nubes negras, de tormenta se acumulaban en el cielo, asombrando a ambos bandos por la tenebrosidad de sus colores y movimientos.

Súbitamente el primer caracol sonó y las tropas avanzaron a toda velocidad. Los del ejército enemigo escucharon también la señal y se prepararon para el ataque.

Justo en ese momento un rayo cayo del cielo y cayo en medio del valle, justo donde debía estar Xoxcoc.

La luz y energía desprendida por el rayo junto con el enorme estruendo del trueno que se oyó inmediatamente paralizaron a ambos ejércitos, cuyos miembros aún no se explicaban lo que había pasado y volteaban al cielo y al piso intermitentemente, llenos de terror por lo que habían presenciado.

Solo el Emperador y unos cuantos más sabían que Xoxcoc estaba ahí. Y justo en ese instante, el Emperador recordó una leyenda que solía contarle un viejo maestro sacerdote en el Calmecac: “Cuando Tlaloc toca con su flecha a alguien y este sobrevive, se convierte en un marakame poderosísimo, capaz de controlar la lluvia, el viento y el rayo...”.

jueves 3 de septiembre de 2009

Noches en el valle (Capítulo 1: Animal místico)

Una oscuridad total descendía sobre el valle. Reinaba un silencio descomunal sobre aquel lugar, el aire estaba impregnado de un fuerte perfume a violetas. La vegetación parecía envolver a aquel sitio, mágico, místico. espiritual, fantástico incluso. Solo sombras lúgubres lograban percibirse en aquel sitio. Una a una, iban encendiéndose las antorchas que rodeaban al templo, consagrado al gran Dios.

El sacerdote que encendía las teas, comenzaba temprano a realizar su ardua labor, para poder regresar a orar toda la noche y estar listo para el sacrificio, que se realizaría al despuntar el alba. Después de encender cada una de las antorchas, fue con el sumo sacerdote a pedir autorización de orar.

Comenzaba a hacer frió, el gran templo, mostraba su inmensidad ante aquel valle, rodeado por inmensos árboles y lagunas que se esparcían por más de cien kilómetros a la redonda.

La construcción del majestuoso monolito, había tomado generaciones, y en ese momento, todo el esfuerzo, toda la energía, se veía reflejado en aquella edificación. Las aves cantaban alrededor del templo, y los animales salvajes, temerosos de aquel fuego con que el templo estaba iluminado, no se acercaban demasiado, pero se podían observar el brillo de sus ojos, que contrastaban con la penumbra de la selva.

El sacerdote, escucho de pronto un sonido extraño que no fluía armoniosamente con los otros sonidos de la selva, aquel sonido era parecido al del cachorro del jaguar, cuando aun es débil y necesita de su madre para poder existir. Curioso, emprendió la búsqueda de la fuente de aquel sonido.

Caminó unos pasos antes de lograr ver como un enorme animal, se acercaba cautelosamente, a olfatear a un bulto que se encontraba en el primer escalón del templo, el monje tomo una tea, y cuidadosamente, observo como el jaguar, con la pata, daba vueltas al pequeño bulto, mientras este, producía el sonido con mayor intensidad.

El Jaguar, miro a los ojos del sacerdote, y en su mirada feroz, expresó su gran poder sobre el humano, su divinidad y su hermosura. Aquel, giro y emprendió el regreso con una gran majestuosidad, a su casa, la selva.

El sacerdote, pasmado por aquel encuentro, no reacciono de inmediato, si no observo cómo se retiraba aquel inmenso animal. Regreso la antorcha al lugar de donde la había tomado, y estaba dispuesto a irse… cuando recordó al bulto que estaba en el piso, aquel, había dejado de producir el sonido, que en un primer lugar condujo al religioso a ese lugar. Se acerco, y miró con curiosidad aquello.

Una gran sorpresa le esperaba, pues cuando vio que aquel bulto como en un principio había aparentado, y lo sostuvo entre sus brazos, se percató que tenía ante si, una pequeña personita, de carne y hueso… el pequeño, lo miro con ternura, sus ojos grandes y brillantes, le traían una sensación de calidez.
Inconscientemente, un miedo se apodero de el… la mirada de aquel pequeño, era igual a la del gran animal con el que se había topado. Un escalofrió corrió por su espalda. Tomo al pequeño torpemente entre sus brazos -como quien toma un objeto muy valioso y teme romperlo- y lo condujo al interior del gran templo. Ahí fue donde lo dejo en la pila del sacrificio, y corrió inmediatamente, con el sumo sacerdote -también llamado Ahau-can, que significa “Señor Serpiente”- para contarle del gran regalo de los dioses.



El sumo sacerdote, condujo al sacerdote, con el consejo de ancianos, que se encontraban orando, y les contó todo lo sucedido, estos, fueron inmediatamente con el emperador, que se encontraba descansando en sus aposentos en aquel momento.

El emperador, irritado por la interrupción de sus sueños, escucho el relato apáticamente, y al terminar dio su resolución definitiva:

-Si aquel pequeño es enviado de nuestros dioses – dijo el emperador con voz solemne- entonces ellos lo guardaran, así como guardan todos los días al gran jaguar de los peligros de la selva. Mañana el pequeño Xoxcoc – como lo había nombrado el consejo de ancianos- me acompañara a nuestra gran batalla, y será depositado en medio de la batalla, si éste sobrevive, veremos que es una señal de nuestros dioses, y este niño tendrá la mejor educación, lo acogerán en el santuario y ahí se convertirá en uno de nuestros mejores guerreros digno de servirme, pero si no es así, y muere, todos los sacerdotes serán sacrificados en señal de clemencia a nuestros dioses, por no interpretar correctamente sus señales

Dicho esto, el emperador, volvió perezosamente a sus aposentos. Todos los demás ahí presentes, esperaron a que saliera del recinto, para poder retirarse. Aquel lugar quedo vació rápidamente, solo iluminado diminutas antorchas. El último en salir, fue el sacerdote, culpable de aquella sesión nocturna, tan desagradable.

Al despuntar el alba, sonaron en el horizonte cuatro cuernos de guerra, cada uno, saludando a los bacabes, que son los dioses de los puntos cardinales.
Se prendió fuego en lo alto de la pirámide, y una nube negra comenzó a cubrir todo el valle. Al parecer Tlaloc los bendeciría el aquel día, todos los guerreros, se agruparon enfrente del templo.
Cada uno lucia descomunal, sus cuerpos delgados y ágiles, sus manos recias y callosas, que denotaban toda una vida de arduo trabajo. Sus vestidos eran pieles de animales, que en conjunto con piedras preciosas, y caracoles, hacían de sus ropas, un perfecto atuendo de guerra. Su rostro era el toque final de todo su atuendo, pintado, con colores completamente diferentes.

Cada hombre, era un reflejo de la perfección de los dioses, y de su gran creación mortal.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Subasta Amores (Capítulo 7: Comprender y amar)

..."Tal vez sí sea lo mejor" pensó por un momento Gonzalo...

Las palabras seguían haciendo eco en su cabeza. No entendía muy bien las cosas. Estaba ahí, sentado en el sillón, pensando. No podía con la incertidumbre de la situación. Suspiraba, reía, lloraba. Su mente era un caos. Se paró del sillón, quiso ir tras ella. Esta vez no dejaría que sus palabras le hicieran daño, él sabía que ella lo decía por compromiso, porque ella estaba atrapada dentro de un estereotipo y las respuestas están programadas en su cabeza. "Seguramente no lo dijo en serio", pensó él.

Buscó su chamarra para salir a buscarla. No estaba por ninguna parte, buscó hasta en el cajón del ropero, le entristeció lo que encontró por ahí: estaba, bajo la lámpara, el dinero que él le había pagado por su trabajo. Que, a fin de cuentas, no había hecho.

Toda la noche había sido un drama y para colmo, un drama muy barato. Gonzalo subió a la chica de vestido azul a su carro porque le había parecido triste y pensó, estúpidamente, que podría remediar su mal. Llegaron a la habitación y se dieron cuenta de que no era normal la situación, estaban, de alguna manera, enamorados uno del otro. Gonzalo no la pudo tocar, ella sintió que no la quería y, aclarada la confusión, lo trataron de hacer. Hicieron el amor, porque lo que había entre ellos no era mero deseo carnal. Gonzalo, en un ataque de locura y precozidad, le dijo que la amaba. Ella le contesto: "Gracias Sergio". Gonzalo tuvo miedo y huyó de ahí. Miedo como si hubieran sido amantes de toda la vida. Después de un rato de pensar la situación, se dio cuenta de que no tenía sentido, que era su trabajo, que él mismo la había asustado. Gonzalo volvió para encontrar a Deni casi de salida. Se abrazaron, se besaron, platicaron la situación y, al final, para colmo de males, ella le dijo que era mejor si no se veían.

No sabía si ir a buscarla o no. Para cuando quiso ir lo invadió un sentimiento de duda. No sabía, realmente, dónde la podría encontrar, sólo sabía su nombre. Ni si quera sabía si era su nombre real. Dudó y siguió dudando. Un sonido lo sacó de su duda, unos sollozos lejanos se escucharon del otro lado de la puerta. Sólo con escucharlos Gonzalo se sintió mal y salió. Ahí estaba ella, envuelta en la chamarra de él, llorando con una foto en sus manos.

"¿Qué pasa?", dijo él.
"Nada, sólo recuerdo", contestó ella.
"¿Estás bien? ¿Te puedo ayudar con algo?".
"No, ya haz hecho suficiente".
"De verdad, quiero ayudarte. Déjame ayudarte."
"Está bien. Volvamos a la habitación y te explico todo."

Volvieron a entrar, se abrazaron y se metieron a la cama. Ella le explicó todo. La historia tras el nombre de Sergio. No es tan relevante, se las pondré fácil. Sergio era un antiguo novio que tuvo, que igual, ella había conocido primero como un cliente. La historia de Sergio era muy parecida a la de Gonzalo, casi todo era igual. Sólo había una diferencia entre lo que pasó con Sergio y lo que pasó con Gonzalo: no se llamaban igual. Lo que más impacto le causó a Deni es que, a Sergio lo conoció con el vestido que traía puesto esa noche.

Sergio había muerto trágicamente, no vale la pena describirlo. Esto causó mucho trauma en Deni y, por eso, ahora, había preferido dejar de ver a Gonzalo. Sentía que la historia se repetiría. Y era lógico, Sergio y Gonzalo eran muy parecidos físicamente.

Después de la gran historia Gonzalo comprendió todo y supo qué era lo que había visto en Deni, desde el principio. La acarició, la consoló y, al final, se acostaron otra vez. La noche fue mágica, lo que hacían no era sexo, hacían el amor. Todo fue romántico, a pesar de ser una prostituta y un cliente, las cosas pasaron como si hubiera sido la primera vez para ambos. Y lo era, al menos la primera vez que ellos dos lo hacían.

...

La luna era la más brillante que podía haber recordado. No deseaba despegarse del sillón que estaba al lado de la ventana, ni mucho menos de aquella cobija que era lo único que le cubría el cuerpo mientras disfrutaba del té de Fresas que le había preparado.

martes 1 de septiembre de 2009

Subasta Amores (Capítulo 6: Reencuentro)

En el momento en que vio a Gonzalo, Deni pensó que estaba soñando. Por unos pocos segundos que parecieron años, sintió que estaba viendo una ilusión producida por sus más profundos anhelos. No fue hasta después de tres segundos más, que algo en su mente le permitió darse cuenta de que era real. Justo en ese instante, sin pensarlo, corrió hacia él, lo abrazó y lo besó profundamente en los labios. Gonzalo instintivamente fue recíproco en ambas acciones y ese beso apasionado y tierno, que marcó su reencuentro y reconciliación más allá de cualquier palabra, tuvo una duración imposible de definir, porque ambos perdieron la noción del tiempo.

Cuándo terminó ese beso y varios más y aún unidos por un profundo abrazo, Deni susurró:

- Discúlpame...

Gonzalo la interrumpió:

- No, perdóname tú a mi, no debí haberte dejado así.

- No, no fue tu culpa... entiendo.

- Es mejor dejar eso atrás. Ahora estamos juntos.

Deni sintió algo en el estómago. No sabía si era alegría o miedo. O ambas. Francamente era una sensación un tanto agridulce. No pudo contestar nada en ese momento y se limito a recargar su cabeza en el pecho de Gonzalo, disfrutando profundamente su abrazo.

Después de algunos minutos en los que mil cosas pasaron por su cabeza Deni se separo de Gonzalo. Le dio un último beso y le dijo:

- Es mejor para ambos que no nos volvamos a ver. Espero que lo entiendas.

Había requerido de toda su fuerza de voluntad para decir esas palabras. Se dirigió a la puerta y salió, dejando a Gonzalo a solas.

Una vez más la separación eterna parecía inminente. "Tal vez sí sea lo mejor" pensó por un momento Gonzalo, aunque algo en su pecho le gritaba un mensaje totalmente contrario.